Divina Comedia
Divina Comedia Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria, por lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo, que sólo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el suelo de aquella vía que avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel que fue creado más noble que las demás criaturas, cayendo desde el Cielo como un rayo. Veía en otro lado a Briareo, herido por el dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimiéndolo con el peso de su helado cuerpo. Veía a Timbreo, a Palas y a Marte, armados aún y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con los ojos extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él. ¡Oh Níobe, con cuán desolados ojos te veía representada en aquel camino, entre tus siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí, atravesado por tu propia espada y muerto el Gelboé, que desde entonces no volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía, ¡oh loca Aracne!, ya medio convertida en araña y triste sobre los rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam! Allí no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de espanto y huyendo en tu carro, antes de que otros te expulsasen de tu reino. Mostrábase además en aquel duro pavimento de qué modo Alcmeón hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cómo los hijos de Senaquerib se arrojan sobre su padre dentro del templo, dejándolo allí muerto; la destrucción y el cruel estrago que hizo Tomiris, cuando dijo a Ciro: «Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella». Y también vi la derrota de los asirios, después de la muerte de Holofernes y el destrozo de su ejército fugitivo. Veíase a Troya convertida en cenizas y en ruinas. ¡Oh Ilión, cuán abatida y despreciable te representaba la escultura que allí se distinguía[78]!. ¿Quién fue el maestro cuyo pincel o buril trazó tales sombras y actitudes que causarían admiración al más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos y los vivos realmente vivos. El que presenció los hechos no vio mejor que yo la verdad de las escenas que fui pisando mientras caminaba inclinado. Así, pues, hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva y no inclinéis el rostro de modo que no podáis ver el mal sendero.