Divina Comedia
Divina Comedia Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada, y allà agitó sus alas sobre mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad el camino. Asà como, para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha y más arriba del Rubaconte, domina la bien gobernada ciudad, se modera la rápida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro tiempo, cuando estaban seguros los documentos y las medidas oficiales[81], asà también aquÃ, de un modo semejante, se templa la aspereza de la escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro cÃrculo; pero es preciso pasar rozando por ambos lados con las altas rocas. Mientras nos internábamos en aquella angostura oÃmos voces que cantaban «Bea ti pauperes spiritu», de tal manera que no podrÃa expresarse con palabras. ¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aquà se entra oyendo cánticos, y allá, horribles lamentos. SubÃamos ya por la escalera santa y me parecÃa ir más ligero por ella que antes iba por el camino llano; lo que me obligó a exclamar:
—Maestro, ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas cansancio alguno?
Respondiome:
—Cuando las «P» que aún quedan en tu frente casi borradas hayan desaparecido enteramente como ya ha desaparecido una de ellas, tus pies obedecerán tan sumisos a tu voluntad que, lejos de sentir el menor cansancio, sentirán placer en moverse.