Divina Comedia
Divina Comedia Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad un trayecto como el que acá en la tierra se cuenta por una milla, cuando sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que, hablando, invitaban cortésmente a tomar asiento en la mesa del amor. La primera voz que pasó volando decía indistintamente «Vinum non habent», y se alejó repitiéndolo por detrás de nosotros. Antes de que dejara de percibirse enteramente a causa de la distancia, pasó otra gritando «Yo soy Orestes», y tampoco se detuvo.
—¡O Padre! —dije yo—, ¿qué voces son ésas?
Y mientras eso preguntaba, oímos una tercera que decía «Amad a los que os han hecho daño[85]». El buen Maestro me contestó:
—En este círculo se castiga la culpa de la envidia, y por eso las cuerdas del castigo son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que llegues al paso del perdón[86]. Pero fija bien tus miradas a través del aire y verás algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose todas a lo largo de la pared de roca.