Divina Comedia

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Entonces abrí los ojos más que antes, miré hacia delante, y vi sombras con mantos cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que hubimos avanzado algo más oí exclamar: «María, ruega por nosotros» y «Miguel y Pedro y todos los santos, ¡rogad!». No creo que hoy exista en la tierra un hombre tan duro que no se sintiese movido de compasión hacia lo que vi en seguida, pues cuando llegué junto a las almas y pude observar sus actos claramente brotó de mis ojos un gran dolor. Me parecían cubiertas de pobres vestimentas, cada cual se sostenía a otra con la espalda y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos a quienes falta la subsistencia se colocan a la puerta de la iglesia y solicitan el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la de otro, para excitar más pronto la compasión, no por medio de sus palabras, sino por su aspecto, que no contrista menos. Y del mismo modo que el Sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del Cielo no quiere mostrarse a estas sombras de las que hablo, pues todas tenían los párpados cosidos con alambre, como se hace con los gavilanes salvajes para domesticarlos[87].

Mientras iba andando me parecía inferir una ofensa, viendo a los otros sin poder ser visto por ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero. Bien sabía él lo que quería significar mi silencio; así es que no esperó mi pregunta, sino que me dijo:


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