Divina Comedia
Divina Comedia —Habla y sé breve y sensato.
Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde se podÃa caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil; hacia mi otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta fuerza sus lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con ellas sus mejillas. Me dirigà a ellas y dije:
—¡Oh gente segura de ver la más alta luz del Cielo, único fin a que aspira vuestro deseo! Asà la gracia disipe pronto las impurezas de vuestra conciencia, de tal suerte que fluya por ella puro y claro el rÃo de vuestra mente: decidme (lo que me será muy dulce y grato) si entre vosotras hay algún alma que sea latina, a quien quizá podrá serle útil que yo la conozca.
—¡Oh hermano mÃo! Todas nosotras, almas, somos ciudadanas de esta única y verdadera ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que, en vida, haya peregrinado por Italia.
Estas palabras creà percibir en respuesta a las mÃas, pronunciadas algo más adelante del sitio en que me encontraba, por lo cual me hice oÃr de nuevo un poco más allá. Entre las demás sombras vi una que parecÃa estar a la expectativa; y si alguien se pregunta cómo podÃa insinuarse le diré que levantando en alto la cabeza, como hacen los ciegos.