Divina Comedia
Divina Comedia —EspÃritu —le dije—; si eres aquel que me ha respondido, dame cuenta de tu paÃs y de tu nombre.
—Yo fui senesa —respondió— y estoy aquà con estos otros purificando mi vida culpable y suplicando con lágrimas a Aquel que debe concedernos que Lo veamos. No fui sabia, por más que me llamaron «SapÃa» y me alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño, oye si fui tan necia como ahora te digo. DescendÃa ya por la pendiente de mis años cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que Él querÃa. Fueron destrozados y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza tuve tal contento que ningún otro podrÃa igualársele. Mientras tanto, elevaba al Cielo mi atrevida faz, gritando a Dios: «Ahora ya no te temo», como hizo el mirlo engañado en el invierno por algunos dÃas apacibles. Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habrÃa comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia si no me hubiera tenido presente en sus oraciones Pedro Petinagno, que se apiadó de mà movido por su caridad[88]. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de esta suerte de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas respirando?