Divina Comedia

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—También estarán mis ojos cosidos aquí —le dije—, pero por poco tiempo; pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha sido pequeño. Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de la soberbia, que se purga aquí abajo, pues ya siento gravitar sobre mis hombros el peso de que van cargados los que allí están[89].

Ella me preguntó:

—¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba, entre nosotros, si crees volver abajo?

Contestele:

—Ese que está conmigo y no pronuncia palabra. Vivo estoy; por lo cual dime, espíritu elegido, si quieres que en la Tierra mueva en tu favor aún los pies mortales.

—¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída —repuso— y una gran señal de que Dios te ama. Ruégote, por tanto, que me auxilies en tus oraciones y te suplico por aquello que más desees que, si vuelves a pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los verás entre aquella gente vana que confía en Talamonte, y esa esperanza, más descabellada que la de encontrar a Diana, los perderá[90]; pero los que creen que los seneses tendrán puerto de mar y poseerán una flota, perderán más aún.


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