Divina Comedia

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—Mi Nella es la que, con sus continuas oraciones, me ha conducido a beber este dulce ajenjo de dolor. Con sus devotas plegarias y sus suspiros me ha sacado del lugar donde se espera y me ha librado de los otros círculos. Mi dulce viuda, a quien tanto amé, es tanto más querida y agradable a Dios cuanto más sola es en obrar bien, pues la Barbagia de Cerdeña tiene mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la he dejado[159]. ¡Oh caro hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibirá desde el púlpito a las desgraciadas florentinas ir enseñando los pechos. ¿Qué mujeres bárbaras ni sarracenas ha habido jamás contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impúdicas estuvieran seguras de lo que el Cielo les prepara pronto, tendrían ya la boca abierta para aullar, porque, si mi previsión no me engaña, serán entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela con la «nanna[160]». ¡Ah hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que no sólo yo, sino todas estas almas se admiran de que el Sol proyecte tu sombra.

Entonces le dije:



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