Divina Comedia
Divina Comedia —Es conveniente que te cite a los que están aquà por sus nombres, debido a la deformación de nuestros rostros a causa del hambre que padecemos. Ése (y lo señaló con el dedo) es Bonagiunta, Bonagiunta el de Lucca; y aquel de más allá, más apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos a la santa Iglesia: fue natural de Tours y ahora expÃa con el ayuno las anguilas del Bolsena y la Garnacha.
Otros muchos me fue citando uno a uno, y todos parecÃan contentos de que se les nombrase, pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado. Vi mover las mandÃbulas, mascando en vacÃo por efecto del hambre, a Ubaldino della Pila y a Bonifacio, que apacentó a muchos con el cayado que ostenta una torre. Vi a meser Marchese que, habiendo tenido tiempo para beber en Forlì con menos sed, fue tal que nunca se sintió saciado[164]. Pero, como aquel que mira y después simpatiza más con uno que con otro, asà me pasó con el de Lucca, que parecÃa querer decirme algo. Murmuraba entre los dientes de aquella boca donde sentÃa el castigo que tanto lo devoraba, y yo le oà decir no sé qué de Gentucca[165].
—¡Oh alma! —le dije—, que tan deseosa pareces de hablar conmigo. Haz de modo que yo te entienda y satisfácenos a los dos con tu conversación.
El empezó a decir: