Divina Comedia
Divina Comedia —¡Oh almas seguras de llegar algún dÃa al estado de paz! Mis miembros no han quedado allá en la tierra ni jóvenes ni envejecidos, sino que están aquà conmigo, con su sangre y con sus coyunturas. De este modo voy arriba a fin de adquirir la luz del intelecto; sobre nosotros existe una mujer que alcanza para mà esta gracia, por la cual paso por vuestro mundo con mi cuerpo mortal. Pero decidme, ¡asà se logre en breve vuestro mayor deseo y os acoja el Cielo que está más lleno de amor y que por más espacio se dilata!, decidme, a fin de que yo pueda ponerlo por escrito, ¿quiénes sois y quién es aquella turba que se va en dirección contraria a la vuestra?
No de otra suerte se turba estupefacto el montañés y enmudece absorto cuando, rudo y salvaje, entra en una ciudad, de como pareció turbarse cada una de aquellas sombras; pero repuestas de su estupor, el cual se calma pronto en los corazones elevados, empezó a decirme la que antes me habÃa preguntado: