Divina Comedia
Divina Comedia Así me hablaba una de aquellas sombras y yo me habría explicado en el acto si no hubiese atraído mi atención otra novedad que apareció entonces. Por el centro del camino inflamado venía una multitud de almas andando al encuentro de las primeras, lo cual me hizo contemplarlas asombrado. Por ambas partes vi apresurarse todas las sombras y besarse unas a otras, sin detenerse, y contentándose con tan breve agasajo, semejantes a las hormigas que en medio de sus pardas hileras van a encontrarse cara a cara, quizá para darse noticias de su viaje o de su botín. Una vez terminado el amistoso saludo y antes de continuar cada una su camino, se ponían a gritar con todas sus fuerzas: «¡Sodoma y Gomorra!»; y las otras: «En la vaca entró Pasifae, para que el toro acudiera a su lujuria[178]». Después como grullas que dirigen su vuelo hacia los montes Rifeos y hacia las ardientes arenas, huyendo éstas del hielo y aquéllas del sol, así unas almas se iban y otras venían, volviendo a entonar entre lágrimas sus primeros cantos y a decir a gritos lo que más necesitaban. Como anteriormente, se acercaron a mí las almas que me habían preguntado, atentas y prontas a escucharme. Yo, que dos veces había visto su deseo, empecé a decir: