Divina Comedia

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Entonces vi, al romper el día, la parte oriental enteramente sonrosada, el resto del cielo adornado de una hermosa serenidad y la faz del sol naciente cubierta de celajes, de suerte que, a través de los vapores que amortiguaban su resplandor, podía contemplarla el ojo por largo tiempo; del mismo modo, a través de una nube de flores que salía de manos angelicales y caían sobre el carro y en torno suyo, se me apareció una dama coronada de oliva sobre su velo blanco, cubierta de un verde manto y vestida del color de una vívida llama[218]. Mi espíritu, que hacía largo tiempo que no había quedado abatido temblando de estupor en su presencia, sintió de nuevo el gran poder del antiguo amor, a causa de la oculta influencia que de ella emanaba[219]. En cuanto hirió mis ojos la alta virtud que me había avasallado antes de que saliera de la infancia, me volví hacia la izquierda, con la misma premura con que corre un niño hacia su madre cuando tiene miedo o cuando está afligido, para decir a Virgilio: «No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble: reconozco las señales de mi antigua llama». Pero Virgilio nos había privado de sí. Virgilio, el dulcísimo padre; Virgilio, que me había sido enviado por ella para mi salvación. Ni aun todo lo que perdió la antigua madre pudo impedir que mis mejillas enjutas se bañaran en triste llanto[220].



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