Divina Comedia

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—Dante, no llores todavía; no llores todavía porque Virgilio se haya ido; pues es preciso que llores por otra herida.

Como el almirante que va de popa a proa examinando a la gente que monta en los otros buques y la anima a portarse bien, del mismo modo me volví al oír mi nombre, que aquí se consigna por necesidad[221], a la Dama que se me apareció anteriormente velada por los halagos angelicales, dirigiendo sus ojos hacia mí de la parte de acá del río. Aunque el velo que descendía de su cabeza, rodeado de las hojas de Minerva[222], no permitiese que se distinguieran sus facciones, con su actitud regia y altiva continuó de esta suerte, como aquel que al hablar reserva las palabras más calurosas para lo último.

—Mírame bien, soy yo; soy, en efecto, Beatriz. ¿Cómo te has dignado subir a este monte? ¿No sabías que el hombre es aquí dichoso?






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