Divina Comedia

Divina Comedia

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Mis ojos se inclinaron hacia las limpias ondas; pero, viéndome reflejado en ellas, los dirigí hacia la hierba: tanta fue la vergüenza que abatió mi mente. Pareciome Beatriz tan terrible como una madre irritada con su hijo, porque amarga el sabor de la piedad acerba[223]. Ella guardó silencio y los ángeles cantaron de improviso: «In te, Domine, speravi», pero no pasaron de «pedes meos[224]». Así como la nieve se congela y endurece al soplo de los vientos de Esclavonia, entre los árboles que crecen sobre el dorso de Italia, y luego se licúa por sí misma, en cuanto la tierra que pierde la sombra envía su aliento, semejante al fuego que derrite una vela[225], así me quedé sin lágrimas ni suspiros antes que cantasen aquellos cuyas notas responden siempre a la armonía de las esferas celestes. Mas cuando comprendí por sus dulces palabras que se compadecían de mí más que si hubiesen dicho: «Mujer, ¿por qué así lo maltratas?», el hielo que oprimía mi corazón se deshizo en suspiros y agua y, junto con mi angustia, salió de mi pecho por la boca y por los ojos. Estando ella, sin embargo, inmóvil sobre el costado izquierdo del carro, dirigió de este modo sus palabras a las compadecidas sustancias angélicas:





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