Divina Comedia
Divina Comedia —Vosotros veláis en el eterno día, de modo que ni la noche ni el sueño os roban ninguno de los pasos que da el siglo en su camino; así pues, responderé con más cuidado, a fin de que comprenda el que allí llora y sienta un dolor proporcionado a su falta. No solamente por influencia de las grandes esferas que dirigen cada semilla hacia algún fin, según la virtud de la estrella que la acompaña, sino también por la abundancia de la Gracia divina (cuya lluvia desciende de tan altos vapores que no puede alcanzarlos nuestra vista), fue tal ése en su edad temprana por su natural inclinación, que todos los buenos hábitos habrían producido en él admirables efectos[226]; pero el terreno mal sembrado o inculto se hace tanto más maligno y salvaje cuanto mayor vigor terrestre hay en él. Por algún tiempo lo sostuve con mi presencia: mostrándole mis ojos juveniles, lo llevaba conmigo en dirección del camino recto. Pero tan pronto como estuve en el umbral de la segunda edad y cambié de vida, éste se separó de mí y se entregó a otros amores. Cuando subí desde la carne hasta el espíritu y hube crecido en belleza y virtud, fui para él menos querida y menos agradable. Encaminó sus pasos por una vía falsa, siguiendo tras engañosas imágenes del bien, que no cumplen totalmente ninguna promesa[227]. Ni siquiera me ha valido impetrar para él inspiraciones por medio de las cuales lo llamaba en sueños o de otros modos[228], según el poco caso que de ellas ha hecho. Tan bajo cayó que todos mis medios eran ya insuficientes para salvarlo, a menos que le mostrase el mundo de las almas condenadas. Por él he visitado el umbral de los muertos[229] y dirigí mis ruegos y mis lágrimas al que lo ha conducido hasta aquí. Se hubiera violado el alto decreto de Dios si hubiera cruzado el Leteo y hubiera gustado los manjares que aquí se producen sin haber pagado con el arrepentimiento, que hace verter lágrimas.