Divina Comedia
Divina Comedia Estaban mis ojos tan fijos y atentos para calmar su sed de diez años[239], que tenía embotados los otros sentidos, encontrando además mi vista por todas partes obstáculos que no le permitían ocuparse de ninguna otra cosa: la santa sonrisa los atraía con sus antiguas redes. Pero por fuerza me obligaron aquellas diosas a volver la cabeza hacia la izquierda porque las oía decir: «Mira demasiado fijamente»; y la disposición en que se encuentran los ojos cuando acaban de ser heridos por los rayos del Sol me dejó por algún tiempo sin vista; mas cuando se repusieron ante otro pequeño resplandor (y digo pequeño comparándolo con la gran luz de que me había separado a la fuerza), vi que el glorioso cortejo se había vuelto hacia la derecha, recibiendo en el rostro los rayos del Sol y los de los siete candelabros. Así como para salvarse una cohorte se retira cobijada bajo los escudos y se vuelve con su estandarte antes de que haya terminado por completo su evolución, así la milicia del reino celestial que precedía al carro desfiló toda antes de que éste hubiera vuelto su lanza. En seguida las virtudes se volvieron a colocar cerca de las ruedas y el Grifo puso en movimiento el carro bendito, de tal modo que no se agitó ninguna de sus plumas. La hermosa Dama que me hizo vadear el río, Estacio y yo seguíamos a la rueda que describió al girar el arco menor[240]. Caminando de esta suerte a través de la alta selva deshabitada por culpa de aquella que creyó a la serpiente, ajustaba mis pasos al cántico de los ángeles. Una flecha despedida del arco recorre quizá tres veces el espacio que habíamos avanzado, cuando bajó Beatriz. Oí que todos murmuraban: «¡Adán!»[241]. En seguida rodearon al árbol enteramente despojado de hojas y flores en todas sus ramas. Su copa, que se extendía a medida que el árbol se elevaba, sería, a causa de su altura, admirada por los indios en sus selvas.