Divina Comedia
Divina Comedia —Bien veo cómo te atrae uno y otro deseo, de modo que tu curiosidad se liga a sà misma de tal suerte que no se manifiesta en palabras. Tú raciocinas asÃ: «Si la buena voluntad persevera, ¿por qué razón la violencia ajena ha de disminuir la medida del mérito de éstas?». También te ofrece motivo de duda el que las almas al parecer vuelvan a las estrellas, según la sentencia de Platón. Tales son las cuestiones que pesan igualmente sobre tu voluntad; pero antes me ocuparé de la que tiene más hiel. El serafÃn que más goce de Dios, o Moisés, Samuel, cualquiera de los dos Juanes que quieras escoger, MarÃa misma, no tienen su asiento en un cielo distinto de aquel donde moran esos espÃritus que aquà se te han aparecido, ni su estado de beatitud tiene fijada más ni menos duración, sino que todos embellecen el primer cÃrculo y gozan de una vida diferentemente feliz, según que sienten más o menos el EspÃritu eterno. Aquà se te aparecieron no porque les haya tocado en suerte esta esfera, sino para significar que ocupan en el ParaÃso la parte menos elevada. Asà es preciso hablar a vuestro espÃritu, porque sólo comprende por medio de los sentidos lo que hace después digno de la inteligencia[22]. Por eso la Escritura, atemperándose a vuestras facultades, atribuye a Dios pies y manos, mientras que ella lo ve de otro modo; y la santa Iglesia os representa bajo formas humanas a Gabriel y a Miguel y a Rafael, que sanó a TobÃas. Lo que Timeo dice acerca de las almas no es figurado, como aquà se ve, pues parece que siente lo que afirma. Dice que el alma vuelve a su estrella, creyendo que se desprendió de ella cuando la Naturaleza la unió a su forma. Tal vez su opinión sea diferente de lo que expresan sus palabras, y es posible que la intención de éstas no sea irrisoria. Si quiere decir que la influencia operada por las estrellas se convierte en honor o en vituperio de las mismas, quizá haya dado su flecha en el blanco de la verdad. Este principio, mal comprendido, extravió a casi todo el mundo haciendo que corriese a invocar a los planetas Júpiter, Mercurio o Marte como si fuesen dioses. La otra duda que te agita tiene menos veneno porque su malignidad no te podrÃa alejar de mÃ. Que la justicia divina parezca injusta a los ojos de los mortales es un argumento de la fe y no de herética malicia; pero como puede vuestro discernimiento penetrar bien esta verdad, te dejaré satisfecho, según deseas. Si hay verdadera violencia cuando el que la sufre no se adhiere en nada a aquel que la comete, aquellas almas no pueden servirse de ella como excusa, porque la voluntad, si no quiere, no se aquieta, sino que hace lo que hace el fuego, aunque lo tuerzan mil veces con violencia. Por lo cual, si la voluntad se doblega poco o mucho, sigue a la fuerza; y asà hicieron aquéllas, pues pudieron haber vuelto al sagrado lugar. Si su voluntad hubiera sido firme, como lo fue la de Lorenzo sobre las parrillas y como la de Mucio al ser tan severo con su mano, ella misma las habrÃa vuelto al camino de donde las habÃan separado en cuanto se vieron libres; pero una voluntad tan sólida es muy rara[23]. Por estas palabras, si es que las has recogido como debes, queda destruido el argumento que te hubiera importunado aún muchas veces. Pero se atraviesa otra dificultad ante tus ojos y tal vez por ti mismo no sabrÃas salir de ella, antes bien, te rendirÃas fatigado. He dado como cierto a tu mente que el alma bienaventurada no podÃa mentir, porque está siempre próxima a la Primera Verdad, y luego habrás podido oÃr por Piccarda que Constanza habÃa guardado su inclinación al velo, de manera que parece contradecirme. Muchas veces, hermano, sucede que, por evitar un daño mayor, se hace con repugnancia aquello que no deberÃa hacerse, como Alcmeón, que, a instancias de su padre, mató a su propia madre, y por no faltar a la piedad filial de su juramento se hizo despiadado[24]. Con respecto a este punto quiero que sepas que, si la fuerza y la voluntad obran de acuerdo, resulta que no pueden excusarse las faltas. En términos absolutos la voluntad no consiente el daño, pero lo consiente en cuanto teme caer en mayor pena oponiéndose a él. Cuando Piccarda, pues, se expresa como lo ha hecho, entiende que habla de la voluntad absoluta y no de la otra. De suerte que ambas decÃamos la verdad.