Divina Comedia

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Tales fueron las aguas del abundante arroyo que salía de la fuente de donde fluye toda verdad y que aquietaron todos mis deseos.

—¡Oh amada del primer Amante!, ¡oh divina —dije en seguida—, cuyas palabras me inundan comunicándome tal calor que me reaniman cada vez más! No es tan poderosa mi gratitud que pueda devolveros la gracia que me hacéis, pero responda por mí Aquel que todo lo ve y lo puede. Veo bien que nuestra inteligencia no queda nunca satisfecha si no la ilumina aquella verdad fuera de la cual no se difunde ninguna otra. En cuanto ha podido alcanzarla, descansa en ella como la fiera en su cubil; y puede indudablemente conseguirla, de lo contrario todos nuestros deseos serían vanos. De este deseo de saber nace, como un retoño, la duda al pie de la verdad, siendo esto un impulso de la Naturaleza que guía de grado en grado nuestra inteligencia al conocimiento de Dios. Esto mismo me invita, esto mismo me anima, señora, a pediros reverentemente que me aclaréis otra verdad que encuentro oscura. Quiero saber si el hombre puede satisfacer a los cielos, con respecto a los votos quebrantados, por medio de otras buenas acciones que no sean pequeñas en vuestra balanza.

Beatriz me miró con los ojos llenos de amorosos destellos y tan divinos, que sintiendo mi fuerza vencida, me volví y quedé anonadado y con la mirada baja.


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