Divina Comedia

Divina Comedia

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La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad inicua, impuso silencio a aquella dulce armonía e hizo reposar las santas cuerdas que por la diestra de Dios están templadas. ¿Cómo se habían de hacer sordas a justas súplicas aquellas sustancias, que, para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por amor a cosas que no pueden durar eternamente, ha despreciado el amor eterno. Como en noche serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo y puro una estrella fugaz, atrayendo las miradas hasta entonces indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio (aunque no es una verdadera estrella porque ninguna cambia de lugar y ésta, además, dura poco, y las estrellas son eternas), así desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corrió un astro de la constelación que allí resplandece, pero no se separó de su ángulo, sino que siguió la figura luminosa, semejándose a una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos afectuosa que aquel espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando reconoció a su hijo en los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro mayor poeta[110].

—¡Oh sangre mía! ¡Oh superabundante gracia de Dios! ¿Quién, como tú, ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?


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