Divina Comedia
Divina Comedia Y yo le respondÃ:
—Ya distingo en el fondo del valle sus torres enrojecidas, como si salieran de entre llamas.
A lo cual me contestó:
—El fuego eterno que interiormente las abrasa les comunica el rojo color que ves en ese bajo infierno.
Al fin entramos en los profundos fosos que ciñen aquella desolada tierra. Las murallas me parecÃan de hierro. Llegamos, no sin haber dado antes un gran rodeo, a un sitio en que el barquero nos dijo en voz alta: «Salid, he aquà la entrada». Vi sobre las puertas más de mil espÃritus, caÃdos del cielo como una lluvia, que decÃan con ira: «¿Quién es ese que sin haber muerto anda por el reino de los muertos?». Mi sabio Maestro hizo un ademán, expresando que querÃa hablarles en secreto. Entonces contuvieron un poco su cólera y respondieron: «Ven tú solo, y que se vaya aquel que tan audazmente entró en este reino. Que se vuelva solo por el camino que ha emprendido tan locamente; que lo intente, si sabe; porque tú, que lo has guiado por esta oscura comarca, te has de quedar aquû.
Juzga, lector, si estarÃa yo tranquilo al oÃr aquellas palabras malditas: no creà volver nunca a la tierra.