Divina Comedia
Divina Comedia —¡Oh, mi guÃa querido!, tú, que más de siete veces me has devuelto la tranquilidad y librado de los grandes peligros con que he tropezado, no me dejes —le dije— tan abatido. Si nos está prohibido avanzar más, volvamos inmediatamente sobre nuestros pasos.
Y aquel Señor que allà me habÃa llevado me dijo:
—No temas, pues nadie puede cerrarnos el paso que Dios nos ha abierto. Aguárdame aquÃ, reanima tu abatido espÃritu y alimenta una grata esperanza, que yo no te dejaré en este bajo mundo.
En seguida se fue el dulce padre y me dejó solo. Permanecà en una gran incertidumbre, agitándose el sà y el no en mi cabeza.
No pude oÃr lo que les propuso, pero habló poco tiempo con ellos, y todos a una corrieron hacia la ciudad. Nuestros enemigos dieron con las puertas en el rostro a mi señor, que se quedó fuera y se dirigió lentamente hacia donde yo estaba. TenÃa los ojos inclinados, sin dar señal de atrevimiento, y decÃa entre suspiros: «¿Quién me ha impedido la entrada en la mansión de los dolores?». Y dirigiéndose a mÃ: