Divina Comedia
Divina Comedia —Aquel que abarcó con su compás hasta las extremidades del mundo y encerró en su abertura tantas cosas ocultas y manifiestas, no pudo dejar sobre todo el Universo una huella tan profunda de su poder, que su entendimiento no fuese infinitamente superior al de todos los entendimientos creados, como lo prueba el que el primer soberbio, que era la criatura más excelente, por no esperar la luz de la Gracia divina, cayó del Cielo antes de ser confirmado en ella. De aquà resulta que las criaturas menos perfectas que aquélla son pequeños receptáculos para contener aquel Bien sin fin, único que puede medirse a Sà mismo. Aun nuestra vista, que es casi un rayo de la mente divina de que están llenas todas las cosas, no puede, por su naturaleza, ser tan penetrante que discierna su principio sino bajo una apariencia muy lejana de la verdad. La vista que recibe vuestro mundo sólo penetra en la justicia sempiterna como el ojo se interna en el mar, que aunque vea el fondo cerca de la orilla, no lo ve en el inmenso piélago; y, sin embargo, el fondo existe, pero su profundidad misma lo oculta. No existe luz si no procede del Ser tranquilo que no se turba nunca; fuera de Él no hay más que tinieblas o sombras de la carne o su veneno. Bastante he descorrido el velo que te ocultaba la viva justicia sobre la que hacÃas tan frecuentes preguntas, pues tú decÃas: «Un hombre nace en la orilla del Indo, y allà no hay quien hable de Cristo ni quien lea o escriba sobre Él; todas sus acciones y deseos son buenos y en todo lo que puede ver la razón humana no ha pecado ni en obras ni en palabras. Si muere sin bautismo y sin fe, ¿dónde está la justicia que lo condena? ¿Dónde está su falta, si no cree?». Ahora bien, ¿quién eres tú, que quieres tomar asiento en el tribunal para juzgar a mil millas cuando no tienes más que un palmo de vista? En verdad que quien hablando conmigo sutiliza por ver los rayos de la Justicia divina, tendrÃa razón para dudar de su rectitud si no estuviese ante vuestros ojos la Escritura. ¡Oh animales terrestres! ¡Oh inteligencias embrutecidas! La primera voluntad, que es buena por sà misma, que es el Sumo Bien, no se ha separado jamás de sà misma. Solamente es justo lo que a ella se conforma; ningún bien creado la atrae, pero ella produce este bien con sus rayos.