Divina Comedia

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A lo que me respondió:

—Rara vez sucede que ninguno ande el camino por donde yo voy. Es cierto que tuve que bajar aquí otra vez a causa de los conjuros de la cruel Ericton, que llamaba las almas a sus cuerpos. Hacía poco tiempo que mi carne estaba despojada de su alma cuando me hizo traspasar estas murallas para sacar a un espíritu del círculo de Judas[82]. Ese círculo es el más profundo, el más oscuro y el más lejano del Cielo que lo mueve todo[83]. Conozco bien el camino; por lo cual, debes estar tranquilo. Esta laguna, que exhala tan gran fetidez, ciñe en torno la ciudad del dolor, donde no podremos entrar si no vencemos su oposición.

Dijo además otras cosas que no he podido retener en mi memoria, porque me hallaba absorto mirando la alta torre de ardiente cúspide, donde vi de improviso aparecer rápidamente tres Furias infernales, tintas en sangre, las cuales tenían movimientos y miembros femeniles.

Estaban ceñidas de hidras verdosas y tenían por cabellos pequeñas serpientes y cerastas que circundaban sus horribles sienes. Y aquél, que conocía muy bien a las siervas de la Reina del dolor eterno[84]:

—Mira —me dijo—, las feroces Erinnias. La de la izquierda es Megera, de siniestros aullidos; la que llora a la derecha es Alecto, y la del centro es Tisífona.


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