Divina Comedia
Divina Comedia Así dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus consejos, me lancé nuevamente a la batalla de ver con mis débiles párpados. Y así como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un prado de flores iluminado por un rayo de sol que atravesaba por entre desgarrada nube, del mismo modo distinguí entonces una multitud de esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el origen de donde esos fulgores procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar camino libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte. El nombre de la hermosa Rosa mística que invoco siempre, mañana y tarde, concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego. Y cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de la fulgente estrella que vence arriba el esplendor de todos los demás beatos, como venció abajo en virtud a todos los humanos, desde el interior del Cielo descendió una llamarada que tenía la forma de un círculo, como una corona, y rodeó a la estrella girando en torno suyo. La melodía que más dulcemente se deje oír en la Tierra y que más atraiga el ánimo parecería una nube que desgarrada truena comparada con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro con que se engalana el más claro cielo.