Divina Comedia
Divina Comedia —SÃ; la tengo tan brillante y tan redonda que no cabe duda sobre su cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allà resplandecÃa:
—Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te proviene?
—La abundante lluvia del EspÃritu Santo —le contesté—, que está esparcida sobre las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento, es el silogismo que me la ha demostrado tan sutilmente, que, comparada con ella, me parece obtusa toda otra demostración.
Después oÃ:
—¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva proposición, que asà te han convencido?
RespondÃ:
—La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro ni dio golpes en el yunque[186].
Se me contestó:
—Di, ¿quién te asegura que aquellas obras hayan existido? ¿Acaso te lo asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro testimonio?