Divina Comedia

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Como las ranas, que, al ver la culebra enemiga, desaparecen a través del agua hasta que se han reunido todas en el cieno, del mismo modo vi más de mil almas condenadas, huyendo de uno que atravesaba la Estigia a pie enjuto. Alejaba de su rostro el aire denso extendiendo con frecuencia la siniestra mano hacia adelante, y sólo este fastidio parecía molestarle. Bien comprendí que era un Mensajero del Cielo[88], y volvime hacia el Maestro, pero éste me indicó que permaneciese callado y me inclinara. ¡Ah, cuán lleno de dignidad me pareció aquel enviado celeste! Llegó a la puerta y la abrió con una varita sin encontrar obstáculo.

—¡Oh, demonios arrojados del Cielo, raza despreciable! —empezó a decir en el horrible umbral—. ¿Cómo habéis podido conservar vuestra arrogancia? ¿Por qué os resistís contra esa Voluntad que no deja nunca de conseguir su intento y que ha aumentado tantas veces vuestros dolores? ¿De qué os sirve luchar contra el destino? Vuestro Cerbero, si bien lo recordáis, tiene aún el cuello y el hocico pelados[89].





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