Divina Comedia
Divina Comedia Entonces se volvió hacia el cenagoso camino sin dirigirnos la palabra, semejante a un hombre a quien apremian y preocupan otros cuidados que no se relacionan con la gente que tiene delante. Y nosotros, confiados en las palabras santas, dirigimos nuestros pasos hacia la ciudad de Dite. Entramos en ella sin ninguna resistencia; y como yo deseaba conocer la suerte de los que estaban encerrados en aquella fortaleza, luego que estuve dentro empecé a dirigir escudriñadoras miradas en torno mío y vi por todos lados un gran campo lleno de dolor y de crueles tormentos. Como en los alrededores de Arlès, donde se estanca el Ródano, o como en Pola, cerca del Quarnero, que encierra a Italia y baña sus fronteras[90], vense antiguos sepulcros, que hacen montuoso el terreno, así también aquí se elevaban sepulcros por todas partes; con la diferencia de que su aspecto era más terrible por estar envueltos entre un mar de llamas que los encendían enteramente más que lo fue nunca el hierro en ninguna fragua. Todas sus losas estaban levantadas y de su interior salían tristes lamentos, parecidos a los de los míseros ajusticiados. Entonces le pregunté a mi Maestro:
—¿Qué clase de gente es esa que sepultada en aquellas arcas se da a conocer por sus dolientes suspiros?
A lo que me respondió: