Divina Comedia
Divina Comedia Los ojos de la Madre que Dios ama y venera, fijos en el que por mí oraba, me demostraron cuán gratos le eran los devotos ruegos. Después se elevaron hacia la Luz eterna, en la cual no es creíble que la mirada de criatura alguna pueda fijarse tan abiertamente. Y yo, que me acercaba al fin de todo anhelo, puse término en mí, como debía, al ardor del deseo. Bernardo, sonriéndome, me indicaba que mirase hacia arriba, porque mi vista, adquiriendo más y más pureza y claridad, penetraba gradualmente en la alta luz que tiene en Sí misma la verdad de su existencia. Desde aquel instante, lo que vi excede a todo lenguaje humano, que es impotente para expresar tal visión y la memoria se rinde a tanta grandeza. Como el que ve soñando y después del sueño conserva impresa la sensación que ha recibido, sin que le quede otra cosa en la mente, así estoy yo ahora, pues casi se está desvaneciendo del todo mi visión, aunque aún destila en mi pecho la dulzura que nació de ella. Del mismo modo que ante el Sol pierde su forma la nieve; del mismo modo que se dispersaban al viento en las ligeras hojas las sentencias de la Sibila[239].