Divina Comedia

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Sus palabras y la clase de suplicio me habían revelado ya el nombre de aquella sombra; así es que mi respuesta fue precisa. Irguiéndose repentinamente, exclamó:

—¿Cómo dijiste tuvo? ¿Es que ya no vive? ¿No hiere ya sus ojos la dulce luz del día?

Cuando observó que yo tardaba en responderle, cayó de espaldas en su tumba y no volvió a aparecer fuera de ella. Pero aquel otro magnánimo, por quien yo me había detenido, no cambió de color ni movió el cuello ni inclinó el cuerpo.

—El que no hayan aprendido bien ese arte —me dijo, continuando la conversación empezada— me atormenta más que este lecho. Mas la deidad que reina aquí no mostrará cincuenta veces su faz iluminada sin que tú conozcas lo difícil que es este arte[95]. Pero dime, así puedas volver al dulce mundo, ¿por qué causa es ese pueblo tan despiadado con los míos en todas sus leyes?

A lo cual le contesté:

—El destrozo y la gran matanza que enrojeció el Arbia[96] excita tales discursos en nuestro templo.

Entonces movió la cabeza suspirando y después dijo:

—No estaba yo allí solamente. Y, en verdad, no sin razón me encontré en aquel sitio con los demás. Pero sí fui el único que defendí resueltamente a Florencia cuando se trató de destruirla.


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