Divina Comedia
Divina Comedia En cuanto estuve al pie de su tumba, examinome un momento; después, con acento un tanto desdeñoso, me preguntó:
—¿Quiénes fueron tus antepasados?
Yo, que deseaba obedecer, no le oculté nada, sino que se lo descubrà todo. Por lo cual, arqueó un poco las cejas y dijo:
—Fueron terribles contrarios mÃos, de mis parientes y de mi partido. Por eso los desterré dos veces.
—Si estuvieron desterrados —le contesté—, volvieron de todas partes una y otra vez, arte que los vuestros no han aprendido[93].
Entonces, al lado de aquél, apareció a mi vista una sombra, que sólo descubrÃa hasta la barba, lo que me hizo creer que estaba de rodillas. Miró en torno mÃo, como deseando ver si estaba alguien conmigo y, apenas se desvanecieron sus sospechas, me dijo llorando:
—Si la fuerza de tu genio es la que te ha abierto esta oscura prisión, ¿dónde está mi hijo y por qué no se encuentra a tu lado[94]?.
Respondile:
—No he venido por mà mismo: el que me espera allà me guÃa por estos lugares. Quizá vuestro Guido tuvo hacia él demasiado desdén.