Divina Comedia

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Nos hallábamos ya tan lejos de la selva que no me habría sido posible descubrirla, por más que volviese atrás la vista, cuando encontramos una legión de almas que venía a lo largo del ribazo. Cada cual de ellas se miraba, como de noche suelen mirarse unos a otros los humanos a la escasa luz de la luna nueva, y aguzaban hacia nosotros las miradas como hace un sastre viejo para enhebrar la aguja.

Examinado de este modo por aquellas almas, fui reconocido por una de ellas, que me cogió el vestido exclamando:

—¡Qué maravilla!

Y yo, mientras que tendía los brazos, miré atentamente su abrasado rostro de tal modo que, a pesar de estar abrasado, no me fue imposible conocerlo a mi vez. E inclinando hacia su faz la mía, contesté:

—¿Vos aquí, «ser» Brunetto[133]?.

Y él repuso:

—¡Oh hijo mío, no te enojes si Brunetto Latini vuelve un poco atrás contigo y deja que se adelanten las demás almas!

Yo le dije:

—Os lo ruego cuanto me es posible; y si queréis que nos sentemos, lo haré, si así le place a este con quien voy.


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