Divina Comedia

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En seguida rompieron el círculo y huyeron tan de prisa que sus piernas parecían alas. No podría decirse «amén» en el tiempo en que ellos desaparecieron, por lo cual mi Maestro determinó que nos fuésemos. Yo lo seguía y a los pocos pasos advertí que el ruido del agua estaba tan próximo que aun hablando alto apenas nos hubiéramos oído. Como aquel río que sigue su propio curso desde el monte Veso hacia Levante por la izquierda del Apenino, el cual se llama Acquacheta antes de precipitarse en un lecho más bajo, perdiendo este nombre en Forli y formando después una cascada, sobre San Benedetto en los Alpes, en lugar de ir descendiendo suavemente; así en la parte inferior de una roca escarpada oímos resonar tan fuertemente aquella agua teñida de sangre, que me habría hecho ensordecer en poco tiempo. Tenía yo una cuerda ceñida al cuerpo (con la cual había esperado apoderarme de la pantera de pintada piel) y cuando así me lo ordenó mi Guía, me la desaté y se la presenté plegada y arrollada. Entonces se volvió hacia la derecha y desde una distancia considerable de la orilla la arrojó en aquel abismo profundo. «Preciso es —decía yo entre mí— que alguna novedad responda a esta nueva señal, cuyo efecto espera con tanta atención mi Maestro». ¡Oh, qué circunspectos deberían ser los hombres ante los que no solamente ven sus actos, sino ante los que, con la inteligencia, leen en el fondo de sus pensamientos!


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