La Divina Comedia
La Divina Comedia sin el querer divino y diestro hado?
Déjame andar, que en el cielo se quiere
que el camino salvaje enseñe a otros.»
Su orgullo entonces fue tan abatido
que el tridente dejó caer al suelo,
y a los otros les dijo: «No tocarlo.»
Y el guía a mí: «Oh tú que allí te encuentras
tras las rocas del puente agazapado,
puedes venir conmigo ya seguro.»
Por lo que yo avancé hasta él deprisa;
y los diablos se echaron adelante,
tal que temí que el pacto no guardaran;
así yo vi temer a los infantes
yéndose, tras rendirse, de Caprona,
al verse ya entre tantos enemigos.
Yo me arrimé con toda mi persona
a mi guía, y los ojos no apartaba
de sus caras que no eran nada buenas.
Inclinaban los garfios: «¿Que le pinche
—decíanse— queréis, en el trasero?»
Y respondían: «Sí, pínchale fuerte.»
Pero el demonio aquel que había hablado
con mi guía, volvióse raudamente,
y dijo: «Para, para, Arrancapelos.»
Luego nos dijo: « Más andar por este
escollo no se puede, pues que yace
todo despedazado el arco sexto;