La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Me detuve, y vi a dos que una gran ansia

mostraban, en el rostro, de ir conmigo,

mas la carga pesaba y el sendero.

Cuando estuvieron cerca, torvamente,

me remiraron sin decir palabra;

luego a sí se volvieron y decían:

«Ése parece vivo en la garganta;

y, si están muertos ¿por qué privilegio

van descubiertos de la gran estola?»

Dijéronme: «Oh Toscano, que al colegio

de los tristes hipócritas viniste,

dinos quién eres sin tener reparo.»

«He nacido y crecido —les repuse—

en la gran villa sobre el Arno bello,

y con el cuerpo estoy que siempre tuve.

¿Quién sois vosotros, que tanto os destila

el dolor, que así veo por el rostro,

y cuál es vuestra pena que reluce?»

«Estas doradas capas —uno dijo—

son de plomo, tan gruesas, que los pesos

hacen así chirriar a sus balanzas.

Frailes gozosos fuimos, boloñeses;

yo Catalano y éste Loderingo

llamados, y elegidos en tu tierra,

como suele nombrarse a un imparcial

por conservar la paz; y fuimos tales

que en torno del Gardingo aún puede verse.»


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