La Divina Comedia
La Divina Comedia igual, encaramándome a la cima
de un peñasco, otra roca examinaba,
diciendo: «Agárrate luego de aquélla;
pero antes ve si puede sostenerte.»
No era un camino para alguien con capa,
pues apenas, él leve, yo sujeto,
podíamos subir de piedra en piedra.
Y si no fuese que en aquel recinto
más corto era el camino que en los otros,
no sé de él, pero yo vencido fuera.
Mas como hacia la boca Malasbolsas
del pozo más profundo toda pende,
la situación de cada valle hace
que se eleve un costado y otro baje;
y así llegamos a la punta extrema,
donde la última piedra se destaca.
Tan ordeñado del pulmón estaba
mi aliento en la subida, que sin fuerzas
busqué un asiento en cuanto que llegamos.
«Ahora es preciso que te despereces
—dijo el maestro—, pues que andando en plumas
no se consigue fama, ni entre colchas;
el que la vida sin ella malgasta
tal vestigio en la tierra de sí deja,
cual humo en aire o en agua la espuma.
Así que arriba: vence la pereza
con ánimo que vence cualquier lucha,