La Divina Comedia

La Divina Comedia

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No va con sus hermanos por la senda,

por el hurto que fraudulento hizo

del rebaño que fue de su vecino;

hasta acabar sus obras tan inicuas

bajo la herculea maza, que tal vez

ciento le dio, mas no sintió el deceno.»

Mientras que así me hablaba, se marchó,

y a nuestros pies llegaron tres espíritus,

sin que ni yo ni el guía lo advirtiésemos,

hasta que nos gritaron: «¿Quiénes sois?»:

por lo cual dimos fin a nuestra charla,

y entonces nos volvimos hacia ellos.

Yo no les conocí, pero ocurrió,

como suele ocurrir en ocasiones,

que tuvo el uno que llamar al otro,

diciendo: «Cianfa, ¿dónde te has metido?»

Y yo, para que el guía se fijase,

del mentón puse el dedo a la nariz.

Si ahora fueras, lector, lento en creerte

lo que diré, no será nada raro,

pues yo lo vi, y apenas me lo creo.

A ellos tenía alzada la mirada,

y una serpiente con seis pies a uno,

se le tira, y entera se le enrosca.

Los pies de en medio cogiéronle el vientre,

los de delante prendieron sus brazos,

y después le mordió las dos mejillas.


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