La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Los delanteros lanzóle a los muslos

y le metió la cola entre los dos,

y la trabó detrás de los riñones.

Hiedra tan arraigada no fue nunca

a un árbol, como aquella horrible fiera

por otros miembros enroscó los suyos.

Se juntan luego, tal si cera ardiente

fueran, y mezclan así sus colores,

no parecían ya lo que antes eran,

como se extiende a causa del ardor,

por el papel, ese color oscuro,

que aún no es negro y ya deja de ser blanco.

Los otros dos miraban, cada cual

gritando: «¡Agnel, ay, cómo estás cambiando!

¡mira que ya no sois ni dos ni uno!

Las dos cabezas eran ya una sola,

y mezcladas se vieron dos figuras

en una cara, donde se perdían.

Cuatro miembros hiciéronse dos brazos;

los muslos con las piernas, vientre y tronco

en miembros nunca vistos se tornaron.

Ya no existian las antiguas formas:

dos y ninguna la perversa imagen

parecía; y se fue con paso lento.

Como el lagarto bajo el gran azote

de la canícula, al cambiar de seto,

parece un rayo si cruza el camino;


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