La Divina Comedia
La Divina Comedia tal parecía, yendo a las barrigas
de los restantes, una sierpe airada,
tal grano de pimienta negra y livida;
y en aquel sitio que primero toma
nuestro alimento, a uno le golpea;
luego al suelo cayó a sus pies tendida.
El herido miró, mas nada dijo;
antes, con los pies quietos, bostezaba,
como si fiebre o sueño le asaltase.
Él a la sierpe, y ella a él miraba;
él por la llaga, la otra por la boca
humeaban, el humo confundiendo.
Calle Lucano ahora donde habla
del mísero Sabello y de Nasidio,
y espere a oír aquello que describo.
Calle Ovidio de Cadmo y de Aretusa;
que si aquél en serpiente, en fuente a ésta
convirtió, poetizando, no le envidio;
que frente a frente dos naturalezas
no trasmutó, de modo que ambas formas
a cambiar dispusieran sus materias.
Se respondieron juntos de tal modo,
que en dos partió su cola la serpiente,
y el herido juntaba las dos hormas.
Las piernas con los muslos a sí mismos
tal se unieron, que a poco la juntura
de ninguna manera se veía.