La Divina Comedia
La Divina Comedia Tan distraído tú estabas entonces
con el que tuvo Altaforte a su mando,
que se fue porque tú no le atendías.»
«Oh guía mío, la violenta muerte
que aún no le ha vengado —yo repuse—
ninguno que comparta su vergüenza,
hácele desdeñoso; y sin hablarme
se ha marchado, del modo que imagino;
con él por esto he sido más piadoso.»
Conversamos así hasta el primer sitio
que desde el risco el otro valle muestra,
si hubiese allí más luz, todo hasta el fondo.
Cuando estuvimos ya en el postrer claustro
de Malasbolsas, y que sus profesos
a nuestra vista aparecer podían,
lamentos saeteáronme diversos,
que herrados de piedad dardos tenían;
y me tapé por ello los oídos.
Como el dolor, si con los hospitales
de Valdiquiana entre junio y septiembre,
los males de Maremma y de Cerdeña,
en una fosa juntos estuvieran,
tal era aquí; y tal hedor desprendía,
como suele venir de miembros muertos.
Descendimos por la última ribera
del largo escollo, a la siniestra mano;
y entonces pude ver más claramente