La Divina Comedia
La Divina Comedia y arrancaban la sarna con las uñas,
como escamas de meros el cuchillo,
o de otro pez que las tenga más grandes.
«Oh tú que con los dedos te desuellas
—se dirigió mi guÃa a uno de aquéllos—
y que a veces tenazas de ellos haces,
dime si algún latino hay entre éstos
que están aquÃ, asà te duren las uñas
eternamente para esta tarea.»
«Latinos somos quienes tan gastados
aquà nos ves —llorando uno repuso—;
¿y quién tú, que preguntas por nosotros?»
Y el guÃa dijo: «Soy uno que baja
con este vivo aquÃ, de grada en grada,
y enseñarle el infierno yo pretendo.»
Entonces se rompió el común apoyo;
y temblando los dos a mà vinieron
con otros que lo oyeron de pasada.
El buen maestro a mà se volvió entonces,
diciendo: «Diles todo lo que quieras»;
y yo empecé, pues que él asà querÃa:
«Asà vuestra memoria no se borre
de las humanas mentes en el mundo,
mas que perviva bajo muchos soles,
decidme quiénes sois y de qué gente:
vuestra asquerosa y fastidiosa pena
el confesarlo espanto no os produzca.»