La Divina Comedia

La Divina Comedia

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le obliga a que los labios tenga abiertos,

tal como a causa de la sed el hético,

que uno al mentón, y el otro lleva arriba.

«Ah vosotros que andáis sin pena alguna,

y yo no sé por qué, en el mundo bajo

—él nos dijo—, mirad y estad atentos

a la miseria de maese Adamo:

mientras viví yo tuve cuanto quise,

y una gota de agua, ¡ay triste!, ansío.

Los arroyuelos que en las verdes lomas

de Casentino bajan hasta el Arno,

y hacen sus cauces fríos y apacibles,

siempre tengo delante, y no es en vano;

porque su imagen aún más me reseca

que el mal con que mi rostro se descarna.

La rígida justicia que me hiere

se sirve del lugar en que pequé

para que ponga en fuga más suspiros.

Está Romena allí, donde hice falsa

la aleación sigilada del Bautista,

por lo que el cuerpo quemado dejé.

Pero si viese aquí el ánima triste

de Guido o de Alejandro o de su hermano,

Fuente Branda, por verlos, no cambiase.

Una ya dentro está, si las rabiosas

sombras que van en torno no se engañan,

¿mas de qué sirve a mis miembros ligados?


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