La Divina Comedia
La Divina Comedia Si acaso fuese al menos tan ligero
que anduviese en un siglo una pulgada,
en el camino ya me habría puesto,
buscándole entre aquella gente infame,
aunque once millas abarque esta fosa,
y no menos de media de través.
Por aquellos me encuentro en tal familia:
pues me indujeron a acuñar florines
con tres quilates de oro solamente.»
Y yo dije: «¿Quién son los dos mezquinos
que humean, cual las manos en invierno,
apretados yaciendo a tu derecha?»
«Aquí los encontré, y no se han movido
—me repuso— al llover yo en este abismo
ni eternamente creo que se muevan.
Una es la falsa que acusó a José;
otro el falso Sinón, griego de Troya:
por una fiebre aguda tanto hieden.»
Y uno de aquéllos, lleno de fastidio
tal vez de ser nombrados con desprecio,
le dio en la dura panza con el puño.
Ésta sonó cual si fuese un tambor;
y maese Adamo le pegó en la cara
con su brazo que no era menos duro,
diciéndole: «Aunque no pueda moverme,
porque pesados son mis miembros, suelto
para tal menester tengo mi brazo.»