La Divina Comedia
La Divina Comedia pues donde el argumento de la mente
al mal querer se junta y a la fuerza,
el hombre no podría defenderse.
Su cara parecía larga y gruesa
como la Piña de San Pedro, en Roma,
y en esta proporción los otros huesos;
y así la orilla, que les ocultaba
del medio abajo, les mostraba tanto
de arriba, que alcanzar su cabellera
tres frisones en vano pretendiesen;
pues treinta grandes palmos les veía
de abajo al sitio en que se anuda el manto.
«Raphel may amech zabi almi»,
a gritar empezó la fiera boca,
a quien más dulces salmos no convienen.
Y mi guía hacia él: « ¡Alma insensata,
coge tu cuerno, y desfoga con él
cuanta ira o pasión así te agita!
Mirate al cuello, y hallarás la soga
que amarrado lo tiene, alma turbada,
mira cómo tu enorme pecho aprieta.»
Después me dijo: «A sí mismo se acusa.
Este es Nembrot, por cuya mala idea
sólo un lenguaje no existe en el mundo.
Dejémosle, y no hablemos vanamente,
porque así es para él cualquier lenguaje,
cual para otros el suyo: nadie entiende.»