La Divina Comedia

La Divina Comedia

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En cada boca hería con los dientes

a un pecador, como una agramadera,

tal que a los tres atormentaba a un tiempo.

Al de delante, el morder no era nada

comparado a la espalda, que a zarpazos

toda la piel habíale arrancado.

«Aquella alma que allí más pena sufre

—dijo el maestro— es Judas Iscariote,

con la cabeza dentro y piernas fuera.

De los que la cabeza afuera tienen,

quien de las negras fauces cuelga es Bruto:

—¡mirale retorcerse! ¡y nada dice!—

Casio es el otro, de aspecto membrudo.

Mas retorna la noche, y ya es la hora

de partir, porque todo ya hemos visto.»

Como él lo quiso, al cuello le abracé;

y escogió el tiempo y el lugar preciso,

y, al estar ya las alas bien abiertas,

se sujetó de los peludos flancos:

y descendió después de pelo en pelo,

entre pelambre hirsuta y costra helada.

Cuando nos encontramos donde el muslo

se ensancha y hace gruesas las caderas,

el guía, con fatiga y con angustia,

la cabeza volvió hacia los zancajos,

y al pelo se agarró como quien sube,

tal que al infierno yo creí volver.


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