La Divina Comedia
La Divina Comedia digo con leves alas y con plumas
del deseo, detrás de aquel llevado,
que me daba esperanza y me alumbraba.
Por un girón subimos de la roca,
cuyas paredes casi se juntaban,
y el suelo nos pedÃa pies y manos.
Cuando ya al borde superior llegamos
de la alta base, a un sitio descubierto
«Maestro —dije— ¿qué camino haremos?»
Y él me dijo: «No tuerzas ningún paso;
únicamente sÃgueme hacia el monte,
hasta que llegue alguna escolta sabia.»
La cima, de tan alta, era invisible
y aún más pina la cuesta que la raya
que une el medio cuadrante con el centro.
Estaba muy cansado y exclamé:
«Oh dulce padre, vuélvete y advierte
que solo quedaré, si no te paras.»
«Hijo —me contestó— sube hasta allû,
un repliegue más alto señalando
que por allà giraba todo el monte.
Tanto me espolearon sus palabras,
que me esforcé trepando tras de él
hasta que puse pies en la cornisa.
Nos sentamos los dos vueltos a oriente,
donde estaba el camino que subimos,
que siempre de mirar es agradable.