La Divina Comedia
La Divina Comedia no porque haya otra cosa que te impida
subir, sino las sombras de la noche;
que, de impotencia, quitan los deseos.
Con ellas bien podrías descender
y caminar en torno de la cuestra,
mientras que al día encierra el horizonte.»
Entonces mi señor, casi admirado,
«llévanos —dijo— donde nos contaste,
pues podrá ser gozosa la demora».
De allí poco alejados estuvimos,
cuando noté que el monte estaba hendido,
del modo como un valle aquí los hiende.
«Allí —dijo la sombra—, marcharemos
donde la cuesta hace de sí un regazo;
y esperaremos allí el nuevo día.»
Entre llano y pendiente, un tortuoso
camino nos condujo hasta la parte
del valle de laderas menos altas.
Oro, albayalde, grana y plata fina,
indigo, leño lúcido y sereno,
fresca esmeralda al punto en que se quiebra,
por las hierbas y flores de aquel valle,
sus colores serían derrotados,
como el mayor derrota al más pequeño.
No pintó solamente alll natura,
mas con la suavidad de mil olores,
incógnito, indistinto, uno creaba.