La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Salve Regina, sobre hierba y flores

sentadas, vi a unas almas que cantaban,

que no vimos por fuera de aquel valle.

«Antes que el poco sol vuelva a su nido

—comenzó nuestro guta el Mantuano—

no pretendáis que entre esos os conduzca.

Mejor desde esta loma las acciones

y los rostros veréis de cada uno,

que mezclados con ellos allá abajo.

Quien más alto se sienta y que parece

desatender aquello que debiera,

y no mueve la boca con los otros,

Rodolfo fue, que pudo, con su imperio,

sanar las plagas que han matado a Italia,

y así tarde el remedio de otros llega.

Aquel que le consuela con la vista,

rigió la tierra donde el agua nace

que al Albia el Molda, el Albia al mar se lleva.

Otocar se llamó, y desde la infancia

fue mejor que el barbudo Wenceslao,

su hijo que lujuria y ocio pace.

Y aquel chatito que charla muy junto

con aquel de un aspecto tan benigno,

murió escapando y desflorando el lirio:

¡Ved allí cómo el pecho se golpea!

Mirad al otro que ha hecho a su mano

de su mejilla, suspirando, lecho.


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