La Divina Comedia
La Divina Comedia Verdes como las hojas más tempranas
sus ropas eran, y las verdes plumas
por detrás las batfan y aventaban.
Uno se puso encima de nosotros,
y bajó el otro por el lado opuesto,
tal que en medio las gentes se quedaron.
Bien distinguÃa su cabeza rubia;
mas su rostro la vista me turbaba,
cual facultad que a demasiado aspira.
«Vinieron del regazo de MarÃa
—dijo Sordello— a vigilar el valle,
por la serpiente que vendrá muy pronto.»
Y yo, que no sabÃa por qué sitio,
me volvà alrededor y me estreché
a las fieles espaldas, todo helado.
«Ahora bajemos —añadió Sordello—
entre las grandes sombras para hablarles;
pues el veros muy grato habrá de serles.»
Sólo tres pasos creo que habÃa dado
y abajo estuve; y vi a uno que miraba
hacia mÃ, pareciendo conocerme.
Tiempo era ya que el aire oscureciera,
mas no tal que sus ojos y los mÃos
lo que antes se ocultaba no advirtiesen.
Hacia mà vino, y yo me fui hacia él:
cuánto me complació, gentil juez Nino,
cuando vi que no estabas con los reos.