La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Ningún bello saludo nos callamos

luego me preguntó: « ¿Cuándo llegaste

al pie del monte por lejanas aguas?»

«Oh —dije— vine por los tristes reinos

esta mañana, en mi primera vida,

aunque la otra, andando así, pretendo.»

Y cuando fue escuchada mi respuesta,

Sordello y él se echaron hacia atrás

como gente de súbito turbada.

Volvióse uno a Virgilio, el otro a alguien

sentado allí y gritó: «¡Mira, Conrado!

ven a ver lo que Dios por gracia quiere.»

Y vuelto a mí: «Por esa rara gracia

que debes al que de ese modo esconde

sus primeros porqués, que no se entienden,

cuando hayas vuelto a atravesar las ondas

di a mi Giovanna que en mi nombre implore,

en donde se responde a la inocencia.

No creo que su madre ya me ame

luego que se cambió las blancas tocas,

que conviene que, aún, ¡pobre!, las quisiera.

Por ella fácilmente se comprende

cuánto en mujer el fuego de amor dura,

si la vista o el tacto no lo encienden.

Tan bella sepultura no alzaría

la sierpe del emblema de Milán,

como lo haría el gallo de Gallura.»


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