La Divina Comedia
La Divina Comedia Así dijo, y mostraba señalado
su aspecto por aquel amor honesto
que en el pecho se enciende con mesura.
Yo alzaba ansioso al cielo la mirada,
adonde son más tardas las estrellas,
como la rueda más cercana al eje.
Y mi guía: «¿Qué miras, hijo, en lo alto?»
Y yo le dije: «Aquellas tres antorchas
por las que el polo todo hasta aquí arde.»
Y él respondió: «Las cuatro estrellas claras
que esta mañana vimos, han bajado
y éstas en su lugar han ascendido»
Mientras hablaba cogióle Sordello
diciendo: «Ved allá a nuestro adversario»;
y para que mirase alzó su dedo.
De aquella parte donde se abre el valle
había una serpiente, acaso aquella
que le dio a Eva el alimento amargo.
Entre flores y hierba iba el reptil,
volviendo la cabeza, y sus espaldas
lamiendo como bestia que se limpia.
Yo no lo vi, y por eso no lo cuento,
qué hicieron los azores celestiales;
pero bien vi moverse a uno y a otro.
Al escuchar hendir las verdes alas,
escapó la serpiente, y regresaron
a su lugar los ángeles a un tiempo.